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Mejor Europa

Pasa ya de los dos años y medio que escribí que Somos Europay ya desde hace dos años sostengo que necesitábamos una Refundación o ruptura del € . Afortunadamente, hemos avanzado mucho en lo urgente, si bien poco o nada en lo importante. La unión bancaria progresa al paso lento pero infatigable de la construcción europea: no en vano, ya se ha firmado un Tratado de estabilidad para manejar las deudas. Es cierto que no se ha resuelto quién, cuándo y cómo se van a pagar los platos rotos, pero se pueden contabilizar algunos logros: aplazar los problemas, mostrar que existe una voluntad de unidad y conceder una quita a los deudores -bien es verdad que no ha sido una quita explícita, que sólo se ha aplicado en el caso griego, pero el efecto de la espera (posibilitada por el aplazamiento del pago) con unos tipos muy reducidos es análogo.

 

En este post no trataré el detalle ni los entresijos de las relaciones económicas que se dan entre los miembros de la Unión Europea o de la Unión Monetaria. Tampoco abordaré la interrelación de las finanzas que se da entre los ciudadanos de la Unión. En este post trataré de atacar algunos tópicos que pululan en nuestro entorno relativos a Europa así como a la naturaleza democrática del proyecto europeo.

 

En el espacio público, el término en principio geográfico “Europa” se utiliza como una especie de nombre conglomerado que lo mismo refiere a la Unión Europea, a la Unión Monetaria, al espacio Schengen, a la Troika, al BCE, a la Comisión Europea, al Parlamento Europeo, a otro elemento geográfico como Bruselas, al eje franco-alemán o a su metonímico epítome Frau Merkel. Incluso se emplea para el extracomunitario Tribunal de Estrasburgo, y llegará el día en que alguien identifique a Europa con la UEFA o Michael Platini. En definitiva: Europa son los otros.

 

Que Europa sean los otros nos permite recoger todos sus frutos como si fueran propios y tener a la vez un ente al que culpar de cuantos males nos acechen. Un otro al que podemos, además, acusar de antidemocrático y de andar usurpando soberanía. Esa corriente de adanismo político, tan extendida entre nosotros, que prima la voluntad de los pueblos se desliza, peligrosamente, hacia un rechazo del mismo Estado de Derecho que protege y posibilita su existencia cuando plantea la posibilidad de violar los tratados internacionales que constituyen el marco jurídico tanto de la Unión Europea como de la Unión Monetaria (pido disculpas a mis lectores por la agotadora longitud de la última frase). Y es que los tratados internacionales rubricados en los parlamentos nacionales son, nos guste o no, democracia en estado puro: constituyen un marco de convivencia cívica radicalmente opuesto a las ingenuas comunidades desmemoriadas, autofundantes y perentorias que algunos -con buena (o mala) voluntad y escasa sensatez- defienden. Esa voluntad de desmemoria que promueve la ruptura de tratados es, de hecho, lo más alejado de la seguridad jurídica que todo marco político democrático requiere. 

 

De ahí que la democracia directa, el mandato imperativo y la revisión de cualquier acuerdo de largo alcance sean en cierto modo el antónimo de la democracia. La dictadura de la voluntad general, esa voluntad del cuerpo social como conjunto que para el insociable Rousseau era la única forma de promover el interés común, es una masturbación adolescente y romántica que obvia lo más importante en una democracia: las responsabilidades, la continuidad del sujeto jurídico y político, la estabilidad del marco legal y el respeto a las minorías. Repensar cada día quiénes somos es el camino más breve al conflicto y quizá fuera viable para la aristocracia ateniense pero no lo es para sociedades más amplias y complejas.

 

Soy un defensor acérrimo de la introducción en la Constitución Española del artículo 135 que garantiza que cumpliremos nuestros compromisos como Estado. También fue loable la inutilizada Ley de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera. Que el gobierno del PSOE y la oposición del PP hurtaran a una sociedad que se quería menor de edad el necesario debate para dicha modificación de la Constitución, y que lo hicieran con nocturnidad, alevosía, tratando de esconder su responsabilidad y matando al mensajero epistolar, no hace que la medida en sí fuera mala. De hecho, y pese al déficit democrático que la vicia, es una muy buena medida y permite pagar las pensiones, la sanidad, la educación y las fuerzas de seguridad. También hace posible que, si reclamamos nuestro dinero al banco, nos lo pueda entregar. 

 

Pero, ¿acaso falta soberanía en España? No lo creo. En los tratados de Maastricht, Lisboa o de Estabilidad Financiera se cede soberanía, es verdad, pero también se consigue que la soberanía no lo sea sólo sobre el papel. Es francamente dudoso que Argentina, Brasil o Turquía sean más libres en su política económica que España -y que lo sean sus ciudadanos-. Tener una moneda creíble permite aplicar políticas creíbles y alcanzar compromisos a largo plazo que para otros agentes son sencillamente imposibles. Habrá quien tenga mucho interés en que España sea como el Reino Unido, Dinamarca o Estados Unidos; mi prioridad es que no seamos súbitamente Argentina, Venezuela o Ucrania.

 

En buena medida, la enorme diferencia que existe entre la Argentina de 2001 y la España de 2010 se debe a la pertenencia de nuestro país a la zona Euro. De hecho, la deuda pública argentina era aproximadamente un tercio de su PIB, y el agujero de sus bancos no era mucho mayor del 10% de su PIB: unas cifras risibles al lado de las que presenta España, cuyo agujero es unas ocho veces mayor que el que provocó el corralito argentino*. No hay deuda odiosa, sino políticas odiosas o idiotas y votantes ingenuos o irresponsables. 

 

Como el economista que soy, y hecho ya a las explicaciones míticas, acudiré a una analogía para explicar cómo creo que debemos ser europeos: amemos a Europa como adultos que asumen una relación responsable y consciente de que convivir es ceder, gozar, discutir y tener un proyecto común. Creo que esa actitud es la contraria a la del estudiante novel y poco dotado que culpa al profesor de sus fracasos o a la del párvulo amante platónico que sueña un amor ideal (aunque unilateral) pero que no se llega jamás a atreverse a dirigir la palabra al amado.

 

Dice bien Renzi cuando sostiene que “debemos combatir el déficit no porque lo diga la señora Merkel, sino porque se lo debemos a nuestros hijos”. Si Europa deja de aparecérsenos como algo ajeno que nos impone tareas dolorosas para encauzar nuestros continuos incumplimientos algo habremos avanzado. Sin embargo, yo sigo viendo que la Unión se percibe en la opinión pública y entre los políticos profesionales como un enemigo peligroso, como una agencia de la que extraer beneficios o en el mejor de los casos como un ideal tan bello como impracticable. De hecho, si en nuestras cantilenas trocamos “Bruselas” por “Madrit” caeremos en la cuenta de que el similar tono lastimero carece igualmente de fundamento.

 

Sí es cierto que los gobiernos nacionales son hoy un obstáculo a una verdadera unión política de ciudadanos iguales. Los Estados Unidos de Europa son en este momento una ensoñación etérea. Si algún día queremos aspirar a eso, quizá convendría asumir antes ciertas responsabilidades en asuntos menos épicos pero más tangibles, como la lealtad a una moneda común o la construcción de una política exterior o de defensa que no sean una vergüenza. 

 

Debemos pues preguntarnos cuál es el papel real de la Unión Europea en Siria, Ucrania o Venezuela. Pues el pacifismo es un bello ideal, pero (afortunadamente) la Unión Europea no es Suiza y no podemos estar satisfechos o tranquilos con lo hecho hasta hoy en el ámbito internacional. Este fracaso debe corregirse cuanto antes, y lo que no se construya desde hoy muy probablemente tampoco estará listo en el momento en que estalle otro conflicto en nuestra área de influencia: si nadie lo remedia, veremos cómo irresponsablemente no se previno el desastre mientras nos mirábamos al ombligo y plañíamos la lira.

 

  

* Como ocurre en todas las crisis financieras, no será hasta pasado largo tiempo de su fin cuando se pueda cuantificar el tamaño del destrozo, y aún así el margen de discrepancia será notable.

 
 

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