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Metaeconomía

¿Tiene sentido dividir a los economistas entre los cardenales del reparto -aquellos que consideran que el fin de la economía ha de ser la redistribución- y los integristas de la oferta y la demanda -aquellos que se orientan por la máxima dieciochesca del laisez faire?

Es, desde luego, una bifurcación que parece útil para pronosticar (¿y evitar su lectura?) el contenido de muchos libros, artículos y papers, lo que ya de por sí muestra que es una buena descripción del estado de la disciplina. Seguro que ambos frentes, el de los cardenales del reparto y los integristas de la oferta y la demanda, andan bastante parejos en lo que atañe al número de correligionarios que se cuentan en sus filas, pero sería una tarea tan inútil como anodina cuantificarlos.

Mucho más fácil sería proceder a su recuento si trazáramos la divisoria entre los economistas que no acertamos en nuestras previsiones a largo plazo y aquellos -venturosos jinetes de unicornios -que sí: todos de un lado, ninguno de otro.

La economía es un arte social que entronca con la política y con la administración pública y privada, y que pretende asignar los recursos -que son limitados- con la mayor eficiencia posible. Ahora bien: ¿qué es la eficiencia? Si es la adecuación de medios a fines, dependerá de la concreción de estos últimos. Y: ¿acaso renegamos, con esta definición, del carácter científico de la economía?  Sí, porque es mucho más que conocimiento. La economía no es una actividad puramente epistémica, sino una herramienta social.

Decía que la economía no es una ciencia, y que es mucho más que eso. No obstante, los economistas nos servimos de un imprescindible utillaje matemático. Lo que hay que subrayar es que no tiene sentido reducir la disciplina a una doctrina numérica orientada exclusivamente a la emisión de pronósticos y a la maximización de funciones.De limitarse a esto, su condición ancilar la reduciría a -en el mejor de los casos- mero pasatiempo. Semejante proceder tendría tan poco sentido como que un médico se conformara con ofrecer al paciente una estimación de su esperanza de vida o una meticulosa descripción de cómo hará presa en su cuerpo la enfermedad.

En economía, las matemáticas nos permiten confrontar ideas con un lenguaje común, acotar escenarios posibles, proyectar el futuro y desenmascarar propuestas disparatadas, como las de Alberto Garzón o Montoro. Sin embargo, si no tenemos en cuenta que esos números son solo el rastro que deja la actividad de algunas personas, nuestro saber valdría bien poco.

Para bien o para mal, y aunque con limitaciones, las sociedades pueden elegir su destino, del mismo modo que la salud de un sujeto variará según su estilo de vida y las enfermedades prosperarán, se ralentizarán o se curarán en función de ciertos tratamientos. La receta única del integrista de la oferta y la demanda o del cardenal del reparto a veces se condice mal con una realidad que se obstina en presentarse de un modo complejo y y que funciona reflexivamente (es decir, donde el resultado de pronósticos y decisiones afecta y se ve afectado por la idea que la sociedad tiene de sí misma).

Volvamos a continuación a las dos escuelas de pensamiento que, desde mi punto de vista, y reconociendo sus notables aportaciones, se enquistan en la dilucidación de los medios prescindiendo del esclarecimiento del fin.

Los integristas de la oferta y la demanda

Que la eficiencia como tal no es un fin, sino un medio, y que por tanto su valoración exige la determinación previa de un fin respecto del cual medirlo, debería ser una cuestión trivial. Que no lo es lo demuestra el escalofrío que nos recorre cuando vemos algunos desvaríos que la búsqueda de la eficiencia ha supuesto: es el caso del aumento de amputaciones de miembros en pacientes diabéticos, una medida mucho más económica que la permanente curación de sus úlceras. Si nos manejamos con esa concepción roma, despuntada, de la eficiencia, deberíamos promover también la subasta de insulina para mejorar así el ingreso sanitario. Sin embargo, pongan atención los partidarios de estas pócimas milagrosas, porque a veces el dogma de la liberalización y su salmo entonado a la eficiencia pueden verse contestados por la obcecación de una realidad que se declara en rebeldía: la guerra privada de Blackwater ha sido aún más bárbara y más cara que la tradicional.

Bien es verdad que el mercado es la mejor herramienta que tenemos para la producción y asignación de bienes y recursos en régimen competitivo, la que más rápido y mejor se adapta a los cambios sociales. Pero es solo un instrumento que nos puede ayudar a buscar la eficiencia y la productividad. Es eso, y nada más. Sacralizar al dios mercado es casi tan estúpido como satanizarlo y culparlo de todos nuestros males.

Foto 1: Thank you Paine Webber. Metropolitan Museum of Art (New York)

 

Los cardenales del reparto

El integrista de la oferta y la demanda es un fetichista de los medios, del mismo modo que lo son los pontífices de la redistribución. Como veremos, y al igual que en el caso anterior, este convierte lo que en principio no es un sino un medio, que puede ser mejor o peor empleado, en un fin y, por tanto, en un parámetro o unidad de valor por sí mismo -y susceptible, por supuesto, de maximización.

¿Es la igualdad un objetivo deseable? Casi unánimemente diríamos que sí, pero inmediatamente comprobaremos que hay tantas versiones de la igualdad como miembros de la muestra. Por tanto, convendremos lo contrario: lo deseable es la diferencia.

Pues la igualdad ha de ser igual a sí misma, no es de extrañar que, generalmente, quienes más insisten en la igualdad perciban la economía de un modo estático, como un botín a repartir. Me explico: si creemos que todos los individuos deben recibir rentas lo más homogéneas posible es porque creemos que el nivel de riqueza viene dado y se puede repartir, como si los incentivos no tuvieran ninguna influencia en el progreso y prosperidad de la sociedad -como si el botín no estuviera vivo. A la vista de la última subida impositiva, por cierto, el Partido Popular parece un arribista en el negocio del igualitarismo -un igualitarismo que, dicho sea de paso, solo se aplica a quienes tienen rentas declaradas y transparentes (ya se sabe: algunos animales son más iguales que otros).

Pero, como venía diciendo, sin incentivos no hay crecimiento ni progreso. Es cierto que es una herramienta muy peligrosa porque sesga, crea profecías que se autocumplen y es amiga del frenesí cortoplacista. También es muy cierto que los valores son más poderosos que los inventivos -y mejores. Pero en definitiva, los espíritus animales son más sensibles a los segundos, y la falta de pragmatismo que deriva de un normativismo supererogatorio es tan inmoral (y sobre todo, tan inútil) como su cínico exceso. La igualdad de oportunidades es un objetivo irrenunciable, por justicia y también en aras de la eficiencia; pero no está claro -a la vista de los resultados- que la maximización redistributiva sea el mejor medio para lograrlo. Y menos aún cuando la redistribución misma se enarbola como sobrevenido (y desnortado) fin de estudiosos y agentes políticos.

 

Foto 2: Cuba y Corea del Norte

 

 

Y entonces, ¿qué?

Lo que en su día fue una jugosa sentencia filosófica hoy no es sino un tópico funesto: en el término medio está la virtud. ¿Nos quedamos entonces con una síntesis templada de mercado y redistribución? Rotundamente, no. No, al menos, como escenario ideal: tenemos que ser radicales en la persecución de la eficiencia del mercado y en la búsqueda de la justicia, de la igualdad de oportunidades y de la seguridad básica.

La política como madura emancipación ciudadana y no como el arte de simular la satisfacción del votante/consumidor -la democracia como acción responsable y no como teatrocracia- establecería de forma razonable cuánta seguridad deseamos, cuánta equidad estamos dispuestos a asimilar y cuánto de eficaces queremos ser -y en función de qué. Nada es gratis, pero tampoco estamos obligados a maximizar nuestra capacidad productiva.

Por su concepción del Estado como algo distinto de sus miembros, es tan poco de fiar el anarcocapitalismo como el marxismo mágico, con o sin sus portavoces (altavoces) profesionales antisistema (sí, señoras y señores: el sacerdocio secular es posible). Si el Estado es opresor, omnipresente, injusto, populista o despilfarrador es porque se lo consentimos, y si tenemos disfunciones que lamentar, estas no habrán de achacarse tanto al Estado (pese a leyes electorales poco representativas) como a la sociedad y a la coyuntura que los ciudadanos se dan a sí mismos.

Si subcontratamos nuestra voluntad a unos partidos al servicio de poderes con deseos inconfesables (o sea, los de siempre), también nosotros tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Discutir, cuestionar, implicarse, aprender son actividades que dan pereza, y todos tenemos derecho a haraganear. Sin embargo, comulgar con ruedas de molino o bajarse los pantalones no parece mucho más confortable y a la larga, me temo, resulta más doloroso.

Es en la sociedad en su conjunto, y no solo en una parte muy conspicua de esta -el Estado- donde está el error. Si ampliamos la mirada, el panorama se presenta igualmente inquietante. La globalización tiene un potencial perdedor a largo plazo: la clase media occidental. El mundo, las democracias y los mercados de consumo necesitan con urgencia, si queremos que se parezcan a lo que hemos conocido, que emerja la clase media en los mercados emergentes.

Las sociedades -sean ricas o pobres- con mayores diferencias sociales son, además de injustas, más ineficientes y pierden mucho talento -todo el que la terca conservación de los privilegios no deja aflorar.

Si necesitamos con premura una potente clase media en China, Rusia, India o Brasil, aún con más urgencia necesitamos realinear en el mundo la relación riesgo-mérito-esfuerzo-especificidad-recompensa. En esta línea, Taleb propone eliminar los bonus a los banqueros; pero, por voraz que sea el espíritu depredador de estos maestros de la apropiación y el chalaneo político, esto no es lo único que chirría en nuestro mundo. El blindaje de derechos adquiridos o el abaratamiento del dinero con tipos de interés gratuitos son muestra de una sociedad exhuberante en derechos autoconcedidos, y sorprende que nadie se pregunte si detrás de cada derecho no hay una obligación aparejada, y a quién estamos cargando de obligaciones para asegurar el disfrute de los pequeños emperadores de la opulencia. Si tienen hambre, ¡que coman pasteles!

Hemos hablado hasta ahora de la economía, de los medios que emplea y los fines que persigue, poniendo el acento sobre todo en el Estado y la política económica; este marco quedaría incompleto si no aludiera también al pobre papel que aquí han desempeñado los accionistas. Así, tampoco constituye un modelo edificante el comportamiento de la mayoría de los agentes del sector privado: los mecanismos de control y retribución han fracasado, y la relación entre la recompensa de directivos y empleados no concuerda con las habilidades demostradas y las responsabilidades afrontadas. En general, es patente en los últimos años el deterioro que los niveles de calidad o de atención al cliente han experimentado, a cambio de una agresividad en la captación comercial que confundimos con mercados eficientes. De nuevo valores e incentivos, largo y corto plazo, medios y fines: todo ello enredado en una maraña que haríamos bien en desbrozar.

Tu voto, tu consumo, tu inversión, tus relaciones laborales, tu vida cotidiana en resumidas cuentas, configuran el mundo y lo pueden cambiar. Esta es una tarea constante, insignificante y tediosa, pero mucho más eficaz que aferrarse a grandes y bellos dogmas de fe.

Lo dice el maestre de la duda.

 

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2 responses to “Metaeconomía

  1. Estimado amigo. El post es impecable y sugerente. Hurgas en la esencia de una supuesta ciencia, cuyos paradigmas y soflamas se han intentado matematizar para darla un halo de ciencia. Tal vez olvidas la parte intangible de la ecopnomía, es decir cómo medir y pagar la creatividad, el bienestar emocional, la dirección optima de capital humano. TAmbién comparto contigo la alergia por el igualitarismo, pero sí abrazo la equidad como un elemento esencial en la distribuión óptima de recursos. Por tanto, me podría alienar en la escuela radical de la equidad y la eficiencia, pero también en ña internalización de los valores intangibles como parametros en una supuesta ecuación de crecimiento. Siempre eso sí, maximizando el bienestar de los ciudadanos, que no siempre implica consumir más.
    Felicidades.

  2. Muchas gracias Alejandro. Me enorgullece tu elogio y que hayas tenido la generosidad de pasar por aquí a hacer el comentario.

    Creo que estamos en una línea muy cercana y acepto la matización de los intangibles aunque la naturaleza de los mismos nos hace ver rápidamente la dificultad de como incorporarlos.

    Un abrazo

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